CUANDO DIJE HOLA DE NUEVO Y ELLA ME DIJO...
Cuando me enteré por un rastro indiscreto que ella se asomó a una de mis redes sociales supe que a pesar de los muchos años transcurridos yo aún formaba parte de sus pensamientos. No era que no lo supiera en verdad. Pero esa era una certeza. Lo que no llegó a ser de ningún modo certeza fue el decidir si le escribía a mi primer amor de quien nada sabía por muchísimo tiempo.
La noche del día en que decidí hablarle por fin me expliqué con unas cobardes líneas. Suprimí cualquier asomo de saludo. Enmudecí todas mis interrogantes. Ni aun siquiera me dirigí a ella directamente. Cuando se acumula la ingratitud de los silencios sobre el amor de tu vida simplemente encargas al lenguaje que susurre por ti.
Y ahí estaba yo la noche de ese día en que rompí el prolongado silencio y el cursor parpadeante en la pantalla vacía precedía las muchas formas posibles de dirigirme a ella solo para comprender que me arrepentía por todas. Finalmente, tras un infierno de dudas, una parte de mí debe haber obligado a la otra que se resistía a enviar tan culposo y trémulo mensaje.
Cuando yo la conocí y la tenía en mis brazos el miedo era perderla. Transcurridos muchos años después ahora el miedo era el reencontrarla. Nada te prepara para los absurdos en que te coloca la existencia. Te levantas un día y entre el cepillo de dientes y las noticias de la tarde el espíritu de lo vivido se impone entre tus ojos. O quizá el destino se burla de nuevo de ti y pretendiendo que extrañas a alguien en realidad vas en busca de lo que fuiste alguna vez y te empeñas en recuperar tus recuerdos en los recuerdos del otro.
Como sea que fueren esos extraños dominios de tu voluntad lo cierto es que al día siguiente de escribirle ella me hizo saber del modo más contundente y anónimo que no quería saber de mí. No es que me dijera nada. Tampoco haría justicia el decir que me bloqueó aunque tal sería la explicación técnica de lo que pasó. Simplemente bloquear me parece un botón tan inútil para impedir que los recuerdos de un amor intenso, incluso vagos y recónditos, puedan sorprenderte cuando miras sin nada de certeza a través de tu ventana.
Desde luego la noticia me fue ingrata. Puedo decir también con ingenuidad que no me lo esperaba. Ojalá pudieran creerme si dijera que hubiera sido muy feliz con tan solo recibir una notificación en la forma de un minúsculo visto bueno de todo cuanto pudiera decirle en los sucesivos mensajes. Le hubiera escrito tantos caramelitos...
Ahora que fracasé en mi intento de comunicarme con la mujer más peligrosa de mi vida pienso que después de todo tal vez ella tuvo razón en restaurar el orden y devolvernos a la quietud sin sobresaltos de una vida que es engullida por el olvido. Si era blanca o no la flor o o si no hubo flor, con llanto o con amargura en nuestro adiós o si no hubo adiós, todo se diluye entre la nostalgia de unas manos que sostienen la dudosa cabeza taciturna.
Desde algún lugar imposible para mí, en un rostro que ahora solo podré especular impreciso, puede que se dibuje un instante ajeno en el que ella se esté mascullando las mismas dudas que yo.
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miércoles, 1 de noviembre de 2017
martes, 12 de septiembre de 2017
MI PRIMER AMOR DESPUÉS DEL AMOR
La misma ciudad que acogió tus recuerdos termina arrebatándolos. Hace mucho tiempo atrás ella era una cintura tibia, la delgada manera en que mis manos conocían la otra mitad del mundo, un suspiro dilatándose en la madera de ese árbol enamorado, las muchas formas de decir que sí cuando solo decía sí. Eran los días del último sorbo de una taza de té que descubría el fondo de tus pensamientos.
Recorro la ciudad de los mil rostros buscando el suyo. Las esquinas que ocultaron el suspenso con la certeza de sus ángulos, la inquietud que nunca se incorporó del respaldo de la banca en los parques, los días transcurridos en la misma inmutable piedra. Con el humo de los autos en las vastas avenidas se eleva mi interrogante. Cuál de estos mil rostros de la ajena urbe me mostrarán el suyo, en qué penúltimo peldaño de los olvidos aún se empeña la memoria.
La gente custodia en sus bolsillos el dinero que le abre todas las puertas. En alguna parte de ese noble fondo habrá de encontrarse también entonces la respuesta a todas tus dudas. Será por eso que los taciturnos hunden las manos en los bolsillos cuando vagan sin rumbo. Apelo al ardid.
Andando en las calles que alguna vez compartimos, tras la prisa apremiante de las ambulancias y el esbelto cesar de los semáforos, los niños, las flores, y el escarlata, bajo el mismo cielo que pusimos de testigo de nuestras promesas de amor, me alcanza la extraña sabiduría de pensar que quizá ella ha quedado tiernamente reducida a una evocadora mancha en la pared donde se posa la nostalgia de una mirada perdida, o tal vez a una discreta grieta sensible en la mesa de noche entre el abandono de unas pastillas y el chorro de luz devota de una lámpara vieja.
HOJA DE PAPEL
Ahora que ha pasado mucho tiempo desde que abandoné las aulas del colegio he comprendido que además de los rostros, de los desdibujados rostros, de mis entrañables compañeros que la memoria diluye, he tenido siempre una modesta compañía y que por modesta quizá nunca había reconocido.
Lo cierto es que cuando estudiaba en el colegio, sobre la espalda temerosa llevaba a cuestas los cuadernos con el innoble vacío de sus páginas que era precisamente el de mi propio desconocimiento. Bajo los cuadernos, el ritual del uniforme plomo. Bajo el uniforme un cuerpo pequeño que mamá hacía más pequeño aún al saberme lejos de casa. La espalda temerosa entonces que se levantaba perezosa en las mañanas recibía en el relativo peso de los cuadernos el dudoso encargo: "Habrás de aprender para el mañana."
Nadie lo dice exactamente pero los cuadernos en blanco sobre la espalda son la metáfora desgarbada de la ignorancia escolar. Casi como una ofrenda en la que uno literalmente desde abajo coloca un poco más alto para acercarse al púlpito del conocimiento. Por esos lejanos días en el colegio Alejandro Deustua hacía exactamente eso. Por esos días te resignabas a que no había otras cosas por hacer. Y quizá era un flaco consuelo ver tus cuadernos sobre la austera carpeta que vigilan los otros sabiendo que esos mismos cuadernos los viste en casa junto a tus soldados, tus dibujos, tu pan con mantequilla y mermelada de fresa escurriéndose hasta embarrarte los dedos.
Si eras perspicaz tal vez podías darte cuenta que tus compañeras de salón comenzaban a llevar los cuadernos de una manera distinta a cómo lo hacían los hombres. Ellas terminaban abrazándolo como si tuvieran un oso de peluche delante mientras que nosotros lo llevábamos de la manera simple, colocándolo en la mano o incluso bajo el sobaco. La naturaleza sexualizaba hasta un hecho tan fútil como ese agregando un toque de suspenso a la doble revelación que comenzaba a asomar bajo las blusas. Y el sentido común de ellas les hacía ver de paso que de esta manera podían aporrear más fácilmente un cuadernazo sobre la cabeza de un faltoso. Nunca entonces las matemáticas, el lenguaje o el curso que sea dolían tanto.
Ahora que lo pienso bien en esos cuadernos debí haber visto el mundo tal como lo doy por hecho. Debe de haber sido allí que vi por primera vez la palabra mundial después de guerra y en un fantasmagórico renglón quedaron hacinados los cádaveres de todas esas personas con la arqueada montaña de su cifra. Fue allí también que se me reveló con todos sus inquietantes detalles el misterio de cómo venían los niños al mundo, página que desde luego no dejo de repasar con empeño. Y en otro cuaderno ningún borrador rompedor de hojas me quitó de la mente que ahijado siempre se escribe con jota aunque el padrino de ese ahijado lo haya dejado en la más completa orfandad.
Me ruboriza reconocer que siempre mis cuadernos terminaban con orejas en sus esquinas que en vano trataba de alisar. Supongo que ahora le pasa lo mismo a mis camisas lo cual en cierta forma es gratificante porque quiere decir que sigo siendo el mismo de cuando estudiaba en el Deustua y que bien o mal yo soy el que en ese entonces aprendió o desaprovechó lo que alguien pretendió enseñar y que lo que hago o dejo de hacer se decidió en mí por aquellos días.
Desde luego en las páginas de mis cuadernos el ocio se hizo un fecundo autor en este caso de toda suerte de indescifrables garabatos, juegos de azar y pudorosas confesiones de amor que mal disimulaba con obvias iniciales dentro de corazones atravesados por flechas de trazo tembloroso. Tatiana debía enterarse de ese siempre impronunciado sentimiento cuando viera los corazones que la aludían al momento de prestarle mis cuadernos. Han pasado ya desde entonces casi la cantidad de años que Moisés erró por el desierto en busca de la Tierra Prometida pero nunca recibí respuesta suya con lo que estoy comenzando a sospechar que Tatiana se está demorando un poco en responderme...
Ahora que debo estar más cerca del día de mi muerte que del día que me vio nacer, con mis cuadernos persistiendo en la forma de incierta añoranza más que como certeza plena, el Deustua es una polvorienta pila de escombros extendida bajo los cielos como una amplia página en blanco del más invicto de mis cuadernos donde alguien que no conoceré escriba a su vez su propia historia.
domingo, 28 de agosto de 2016
EPISODIO NUEVE: CUANDO TU VIDA CABE EN UNA FOTO DE 10 X 15
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Y pensar que en esa envejecida foto está resumido todo lo que fuimos y fuera de sus márgenes gime una vasta interrogante.
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En este tiempo del imperio de los selfis que perpetúan hasta el
más efímero de los instantes, ahora que ese artilugio de nuestros bolsillos que
es nuestro teléfono celular se ha convertido en la retina expandida más allá
del hoy, sorprende retrotraerse a una época en la que apenas si era una muy esporádica
fotografía la que te permitía atesorar tus recuerdos.
Tal es el drama que se me hace evidente ahora que una memoriosa fotografía
de promoción de la primaria del colegio Alejandro Deustua ha recorrido los
siete mares del bravío tiempo y encapsulada en una vidriosa botella llega hasta
mis enarenados días como la respuesta a una súplica de un náufrago en su
densamente poblada isla del olvido.
Aquel día de mi lejana infancia debió parecernos toda una
aventura pues la foto nos retrata en la fachada del colegio, en plena calle, y
poder atravesar la puerta aún en el horario de clases, algo que teníamos en
absoluto prohibido hasta la hora de salida, seguramente nos produjo una
indescriptible emoción. Era como experimentar brevemente el aire puro de la
libertad. Era la forma cómo eligió la vida poner frente a nuestros
tiernos ojos el anticipo de un écran de la realidad que nos
aguardaba.
El gran ausente de la escena es obviamente el fotógrafo. El
tiempo ha olvidado su trípode irguiéndose sobre la pista como una amenaza del
poder evocador que estaba a punto de conjurar. No ha quedado tampoco rastro alguno
de la cámara que atrapó ese rectángulo de tiempo. Ni de los ademanes del
fotógrafo frente a nosotros para reducirnos a esa breve geometría. Ni del
imparpadeo de su ojo al presionar el disparador que sentenció ese momento para
la posteridad. Pero se me ocurre que quizá otro ojo detrás del fotógrafo, el de
un peatón curioso, se detuvo allí aquel lejano día para ejecutar la redundancia
de mirar al que nos miraba. Y tiene en su retina la imagen completa de esa
estampa incompleta. Y en el desvarío del sueño, entre relampagueantes imágenes
sin sentido, una mente anónima quizá puede concebir lo inconcebible.
Los retratados estamos en manga corta y en esa brevedad de ropas
frente a la intemperie se diría que quedó atrapado el buen tiempo de ese día
bajo el cielo de Magdalena. Detrás, la fachada del colegio es como una gallina
que envuelve a sus pollitos retardando un desenlace que no quiere. Y la
herrumbre de sus ventanas, la sabia pupila de una madre enternecida. En el
centro de la fotografía posan nuestros profesores pero se trata de un centro
ilusorio. Cuando eres tú mismo quien forma parte de una tierna historia y
tienes a tus compañeros de infancia rodeándote, el centro está donde están tus
ojos. Allí donde te lleva la mente. Y tu corazón.
Naturalmente los más de treinta años transcurridos desde que
egresé de la primaria han hecho estragos en mi memoria. La desaprensiva hoz del
olvido dejó tras su paso una capa polvorienta donde verdeaba mi infancia. Incluso
me miro a mí mismo y me pregunto si acaso alguna vez fui realmente ese niño de
la pálida foto, si acaso no soy ahora alguien que solo compartió el espejo de
un cuerpo para diluirse en otra vana sombra.
De cualquier modo ahí está la opaca verdad de esa fotografía retratando
con todo su silencio la bulliciosa infancia de una generación. Y estas no menos
opacas líneas también enmudecen en sus vocales en su vano intento de descifrar
sus miradas, siendo como son, el enigma de un alfabeto que soy incapaz de
escribir. En una cóncava interrogante me refugio y a ella le imploro desbordarse
más allá de los márgenes de la foto aquella para preguntarle a la rosa de los
vientos en qué direcciones del ancho y ajeno mundo se deshoja la vida de mis
compañeros de carpeta, si acaso quizá el destino tuvo la ironía de que alguno
me diera el vuelto en una indolente compra o el semáforo nos entregó el mismo verde
para caminar juntos en la distancia más absurda de todas, si son los leales astronautas
que bajo el cielo de Magdalena nos prometimos ser y están más cerca de las
estrellas de lo que me deja ver mi sobria ventana, si la nostalgia se empoza
también en sus ojos y el solitario charco de sus llantos pueden junto al mío
compartir el mismo profundo pesar por los tiempos idos.
Veo enternecido el rectángulo de la foto y se parece tanto al
horizonte que busca a mis compañeros con la mirada. Pero puede que también al agujero
del sepulcro donde yacerás al pie del olvido de los otros.
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