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lunes, 9 de abril de 2018

DESPIDIENDO A PAPÁ

No había forma de deshacerse de todo ese frío helado. Ni siquiera refugiando las manos en mis bolsillos. Sería imposible saber si papá lo padecía también de algún modo. A cierta distancia el lago no era visible aún pero podía ya presentirse en los pocos pasos que me faltaban por llegar a él. En cualquier caso cuando estás a punto de presenciar el legendario lago Titicaca sabes que ese viaje ha sido ya cumplido tiempo atrás desde la página de un libro. No sé qué pudo haber sido de mayor perplejidad aquella vez en que por fin me aproximé a la orilla desigual. Ser la criatura minúscula que abarcaba con la mirada ese enorme espejo de agua empozado en los Andes o saber que era yo quien ahora abrigaba a papá del modo más íntimo posible en toda aquella húmeda soledad.
Sin duda esa debe haber sido la caminata más silenciosa que dimos papá y yo juntos. Pensaba mucho en él. Quiero creer que él hacía otro tanto conmigo. Durante el largo viaje hasta las inhóspitas cumbres de Puno debo haberlo escuchado en esa fatiga de la mirada que se pierde en el tedio del camino y tus pensamientos te abandonan detrás del huidizo cristal del bus en la marcha sinuosa. O quizá vi a papá todo el tiempo con plena conciencia mientras me exploraba inquieto el bolsillo y acariciaba entre los dedos la promesa albergada de su interior. Los años me han usurpado la precisión en el recuerdo. Lo cierto es que una vez alcanzada la meta al pie del lago el silencio y el frío se interpusieron entre nosotros.
Tampoco sé fielmente cómo me despedí de él desde el mirador que me resguardaba del reflujo de esas aguas ligeramente debajo. Y es que cuando le dices adiós a tu padre las palabras quedan huérfanas entre algún lugar de la inmensidad del paraje y de tu propio abatimiento. Solo lo vi partir en un soplo de polvo que el viento me arrebató de mi incrédula mano extendida. Sentí cómo se apartaba dócilmente de mí. Sentí su renuncia dilatándose. Habiéndome sometido de niño al destino que me impusieron las manos de papá, ahora, entre rocas milenarias, sentenciaba yo el suyo propio al empuñar sus cenizas que llevaba conmigo y reclinarlas al sueño en la cóncava eternidad del lago.
Cuando el horno crematorio hubo cesado en su implacable ardor y por la esbelta chimenea desapareció todo rastro inaudito de ese cuerpo que era disipado en un solemne holocausto, extinguido ya el fuego que purificaba su materia exhausta, a quienes aguardábamos cerca de ese recinto mortuorio nos fue dado un cofre enternecido con una implícita interrogante doblegando la mente de todos. ¿Realmente estaba allí? De regreso a casa el propio lenguaje daba cuenta de la realidad impuesta. No éramos mamá, mis hermanas y yo que volvíamos luego de la incineración de papá. En ese momento éramos mamá, mis hermanas, yo y el cofre. No sé por cuánto tiempo la nueva identidad de papá estuvo balbuceándose entre nosotros. Cuándo por fin papá dejó de ser el cofre para ser de nuevo papá. Como sea que haya ocurrido estuvo desde entonces con nosotros vanamente recuperado al principio y resignadamente establecido después en la lustrosa apariencia de la sala que mamá le consagró, erigiéndose macizo sobre los adornos que le superaban en tamaño, entre candelabros y copas, ceniceros y macetas, entre los pliegues de una alfombrita y alguna telaraña tejida a costa del olvido, persistiendo entre las cosas sin dejar de ser una de ellas.
Al cabo de un tiempo tuvo que ser la herejía de un cuchillo la que se abriera paso a través del misterio negado por años. Cierto pudor nos había hecho recurrir a la fidelidad de un pegamento para sellar la tapa del cofre a la indiscreción y al horror de la muerte así resumida pero que al ser abierto al fin por el filo de un cuchillo quedaron separadas las dos mitades de un solo asombro. Las cenizas, las tenues y empobrecidas cenizas, llegaban casi hasta el mismo borde del cofre. Predominaba en ellas el blanco y a veces el negro y de nuevo el blanco. Desde una foto cercana los ojos de papá parecían vigilar el incierto equilibrio de cómo extraía el puñado que debía ofrendar después en un ritual ceremonioso. Con el recuerdo encima de toda una vida haciéndonos bromas mutuamente me imaginé tranquilizándolo silencioso mientras daba cuenta de su frágil condición convertida a polvo:
- “No te preocupes, que no estornudaré.”
Y así es como aquella vez un deseo póstumo me condujo a las orillas del Titicaca con ese enorme pálpito custodiado en una bolsita mimada. Y estábamos solos el lago, el frío, mis pensamientos y yo. Los Andes eran una silueta parda a lo lejos. El cielo, la distancia hasta donde podía llegar una imprecación. En ese mirador la simetría de las barandas delataba la obra de unas manos ajenas triunfando sobre las aguas turbias encrespándose debajo en sucesivas arremetidas. Pero en esa tarde triste solo yo contemplaba en un instante el transcurso de los siglos volcados en un manantial de agua. El rugido de la naturaleza en un estanque quieto. La ofrenda de las lluvias sobre la suma de mis antepasados.
De pie frente a todo ese infinito, el último recuerdo tangible de papá se azotó en una efímera niebla encima de mí. Vi sus cenizas adentrarse en dirección al lago. Las vi caer sin mella en él. Descifré el capricho de sus formas en el cuerpo opaco del Titicaca. Y mientras a cada una de ellas le sobrevenía un inmenso naufragio supe por qué era insuficiente despedir a papá con un único adiós.

EN HONOR A MI ABUELA IRENE

Este instante en que escribo. Esta mañana en que supe de nuevo que no había muerto. La última medianoche del año que pasó agonizando en mi reloj. Las cuatro décadas comprobadas en el documento. Las súplicas detrás de la mascarilla entubada por un bocado de aire. El parque enamorándose en la cintura de esa muchacha piel canela. La madera de aquella carpeta tan sabia de mí. Los crímenes de guerra que me envanecieron en el tablero bicolor de fichas beligerantes. Mis enfados alrededor de los platos llenos de menestras de los que se me había prohibido huir. El día que comprendí la impiedad de la sentencia: “No conocerás a tu hermanito”. El incierto destino que mamá acurrucó entre sus brazos el día en que nací. Todos estos sucesos, todos estos dones del tiempo que me fueron dados y que me definen, pudieron no haber ocurrido nunca, ni aún en la mente de un fabulador de no haberse verificado antes las muchas ramificaciones de una existencia previa. La de mi abuela.

No se trata solo de la dinastía de quien sobrevive lo suficiente para fecundar una hija que a su vez al cabo de un tiempo me engendró. Es el heroísmo de cada acto suyo que hizo posible mis plácidos días. Saber que detrás de una batea, arqueada la espalda y frenética la frente mi abuela deshacía la suciedad de las ropas de los otros sumergiendo en las aguas el rastro del andar adherido a las prendas ajenas para liberarlas de cada culpa padecida bajo el sol. Oír que ella pernoctaba bajo techos que no eran los suyos en noches prestadas al sueño y días de paupérrima vigilia en los que quedaba guarecida junto a los suyos pero hasta al día que a la casa donde laboraba custodiándola de los intrusos le fuera concluida la urbanidad de su puerta con cerradura, colocada la honestidad del vidrio en la ventana simplemente tapiada y el espectro del miedo sea por fin abatido por la electricidad sobre las cabezas. Notificarse de la escena al borde de la mesa del burócrata tras la cima de expedientes sin duelo en la mancha de sus sellos y ante la consabida pregunta, la dolorosa pregunta que apremiaba el bolígrafo sobre el formulario vacío, con el hijo lactante en brazos, cabizbaja ella duplicaba su maternidad para cubrir ese padre ausente que no ha venido. Asombrarse por la leyenda de sus hojas de llantén que un caldero conjuraba hasta el hervor y dar de beber el agua verdosa así extraída al doliente que yacía tendido o aplicada directamente las hojas estrujadas y húmedas sobre la frente huidiza por la fiebre, reinventando con ese rito la pócima oculta en las penicilinas. Apoderarse de esos ojos desquiciados que calculaban su enfermiza distancia con el trémulo cuerpo de ella mientras que el alcohol que gobernaba a ese disfraz de hombre muy cercano le hacía enfrentarse a la inútil lucha de no tropezar y caer para luego de un dudoso equilibrio ensañarse de nuevo sobre su víctima que ya deliraba una intervención divina. Sospechar el vértigo de un porvenir eludido al abismo en un polvoriento desplante de su cuerpo milagroso que la detuvo justo allí en esa última parte donde los escabrosos senderos de la serranía ya le estaba vedado proseguir a todas las criaturas excepto a las aves.

Todos estos sucesos, todas y cada una de estas escaramuzas que sobrellevó con abnegación dolor y llanto, ahora lo sé, doblegaron mi destino hacia la dirección en que ahora se reclinan mis días bajo una regadera de agua caliente y cuyo primer sobresalto de la mañana es hallar el escurridizo control a distancia del televisor que el ocio de la noche anterior extravió por influjo de un sueño perezoso. Al resguardo de las penurias que endurecieron el rostro de mi abuela ella misma hacía una fiesta en mi niñez cuando anunciaba su llegada por el intercomunicador con un suficiente “Yo” dicho por su voz andina y entonces tenía que entregarle mi oreja a su mordida tosca pero tierna y suprimidas así las palabras ese saludo fiero era como el íntimo reconocimiento de saber a la distancia dada por la naturaleza a los animales que retoñaba en paz uno de sus cachorros tras haber triunfado sobre la encarnizada vida que le tocó vivir.

He querido dar testimonio tardío y seguramente ingrato de mi abuela doliéndome del hecho que ella no podría leerlo por sí misma ya que la vida también la apartó de los sustantivos y del adverbio porque decir laboriosamente no fue una declinación del idioma descifrada por sus ojos sino una realidad concreta fatigándole las manos. De cualquier modo le ofrendo estas palabras que sin duda le pertenecen más que a mí, ahora que ella que ha renunciado a vivir entre nosotros repudiando el mármol de la ciudad para establecerse en su casita de un remoto poblado de la sierra y ser de nuevo la madre que fue, esta vez en el hambre de alfalfa y granos de nicovita que abastece generosa sobre el suelo modificado por la lluvia en lodazal y sus nuevos y extraños hijos engullen sin modales a dos y a cuatro patas, ahora que ella fiel a sí misma se impone usar el mismo palo de escoba para ayudarse a andar y no el pretencioso bastón que sostiene ridículo un cartón extendido o al recipiente casi ingrávido sobre la mesa que adquirió en su último trueque, ahora que ella en el augurio de su bola de hoja de coca y cal dilatada dentro de sus mejillas ha prefigurado ya el azar de sus hijos, el de sus nietos y el de sus bisnietos, enterneciéndose en todos ellos, más allá de la palabra que evoca de la moneda que ampara y de la noche que declina.

miércoles, 28 de febrero de 2018

PARA MIS PEQUEÑOS GIGANTES



Joan, Joel y Carla:


Deben saber que hace poco reuní en una lista muy completa a la gente que alguna vez había conocido de cerca y sean usuarios de internet para enviarles una propuesta. Ahora que he sabido de ustedes después de muchos años me sorprendió reparar que ni remotamente se me pasó el considerarlos en esa lista.

Es obvio que ahora ustedes ya cumplían los requisitos para integrar la lista y sin embargo no pertenecen a ella. He pensando el por qué de esa omisión y me di cuenta que no obstante el largo tiempo transcurrido, despreciando la realidad o quizá ensimismado por ella misma, en mi mente ustedes eran aún los niños pequeños que yo conocí.

El tiempo pasa desde luego o peor aún te sobrepasa, pero discretamente te aferras en creer que aún no se ha llevado consigo todos esos años tal como los dejaste atrás y luego entonces comprendes que el aparente olvido queda transmutado en una larga tregua entre este instante y un pasado lleno de recuerdos vivos.

Si hubiera tenido que decirles algo importante cuando los conocí supongo que les hubiera hecho un dibujo de ustedes tres perseguidos por un dinosaurio que yo tendría sujeto por la cola con la promesa disfrazada de protegerlos de los peligros del mundo. Ahora que son grandes he de escribirles con las mismas letras que usan los adultos, los hombres y las mujeres para firmar un contrato usurero, sentenciar una biopsia atroz o declarar una guerra incruenta. De mi parte, adulto al fin, me alcanza este pobre recurso para reconocer que yo no he sido para ustedes el que sujetaba la cola de ese dinosaurio que debió acecharlos en su enarenada travesía rumbo hacia alguna parte.

¿Me perdonarían?

Detrás de estas líneas, más allá de una vaga anticipación, me los imagino a los tres descifrándolas una línea tras otra con gestos que de poder verlos yo ahora no alcanzaría a reconocer si es que el destino en su farsa no nos hizo ya antes tropezar en el absurdo de doblar la misma anónima esquina, intercambiando el mismo billete peregrino tras una compra indiferente, o con la efímera esperanza compartida de que cese ya la luz del semáforo en ese cruce que no nos favorecía, todo esto sin saber que tal vez de uno y otro lado pudiéramos haber estado alguno de ustedes y yo juntos pero abandonados de esa certeza.

Ahora que dejaron de ser lo que fueron, ahora que por fin alcanzan el piso al sentarse a la mesa, que aprendieron a cepillarse bien los dientes (y quizá hasta de manera profesional), rompen un vaso con la impunidad que da el dinero que lo repone, desnudan al de al lado sin rubor o se interrogan por la noticia de un aburrido tabloide en lugar del vibrante último episodio del Conde Pátula, ahora que son otros, sin dejar de los mismos, los abrazo tiernamente, incrédulo y maravillado, desde este otro borde del tiempo que tan ajeno parece. 

Pero insisto, en realidad solo parece ajeno.

EL TIEMPO SOBRE SAN ANTONIO


Sobre una placa de granito por todo recuerdo tangible yacen perennizados a cuatro columnas los nombres de quienes integramos la promoción 89 del colegio San Antonio Marianistas.


Muchos años atrás a la sola pronunciación de cualquiera de estos nombres le sobrevenía una obvia inquietud y entonces todo el largo y todo lo ancho de un cuerpo se giraba hacia esa evocación que le pertenecía. Era el llamado decisivo, la realidad colocándose como un pedestal sonoro debajo de uno para señalarlo con precisión soberana durante un instante. La respuesta de quién rompió qué, o dónde estaba lo que nadie hallaba, tenía en nuestros nombres la custodia para descifrar esos pequeños misterios. Si el lenguaje es una jungla de predicados y de verbos que deben abrirse paso para hallar el sustantivo que los justifique, en aquel tiempo nosotros éramos esas justificaciones.


Sin embargo ahora que nos marchamos hace mucho del San Antonio, todos estos nombres desterrados como están de carpetas enseñoreadas por otros, de pizarras memoriosas para otros, de uniformes que usurpan otros, ahora han quedado apretadamente confinados en la escueta brevedad de un rectángulo fuera de cuyos márgenes se extiende el más amplio olvido de quienes en verdad fuimos. Se diría que en la geometría de la vida, de las cóncavas y auspiciosas entrañas de una madre hemos terminado como colectivo de estudiantes en los cuatro rincones de un estrecho rectángulo que tanto se parece a ese otro donde todos nos iremos a reclinar alguna vez sin remedio.


En los ojos de ese alumno que ahora la observa, nuestra placa conmemorativa se hace tan anónima como lo es él para nosotros con su apariencia tan impensable que solo podemos suponerlo en una vaga versión de nosotros mismos. De pie frente al nostálgico muro nos arrojaría una mirada compasiva mientras los mordiscos de una minúscula golosina lo devolverían al rigor de su presente. Los centímetros que lo separen serían engañosamente cercanos. Descifraría que cada renglón representa a uno de nosotros y solo una fe remota le haría creer persuadido que cada nombre esconde una historia singular.


Hurgando en el oneroso listado de esas cuatro columnas pronto se convencería de lo inútil que resultaría para él hallar un real sentido a la sucesión de nombres. Allí donde lea Faijo solo verá el acertijo de sus letras; Cánepa ya no será quien fuera sino para él apenas una prosaica esdrújula; Larragán dejará de ser Larragán para asomar sobre una voz enfática; Gonzales ya no será Gonzales ni García, García, sino la misma homonimia de siempre; Pechón será esa parte del cuerpo sugerida y Salas esa parte de la casa; Elías retomará su hado de profeta milenario, Larenas, empequeñecerá en un puñado de eso mismo extraído de algún desierto, Terrones, un redundante dulce terrón de azúcar; Passuni, el descendiente de ese italiano que tampoco quiso marcharse del Perú; Burling, un grito de batalla vikingo en alguna impronunciable fecha...

Y así, como el eco que no devuelve una caverna absurda, los nombres que ya no escuchan quedarán como nuestra incógnita huella en el redondo barro del mundo. Una mancha ortográfica que persiste colgada de la pared. El garabato que retorna a la orfandad del vientre del alfabeto que alguna vez nos nombró.

LA PALMERA


El parque de mi infancia tiene una palmera muy alta y gibosa. Se le alborota el penacho cuesta abajo azotado por el viento pero enseguida su espinoso y grueso tronco le devuelve el estado de dudoso equilibrio como si la propia tierra que la cobija le recordara la esbelta promesa de unas manos que la sembraron envueltas en una esperanza remota: "Serás la sombra de nuestro parque."

Con la promesa futura todavía en un regazo ajeno, aquel lejano día debieron excavar un hoyo profundo en ese preciso lugar del parque y bajo el cielo de San Miguel, arañando literalmente la tierra, sepultaron la palmera en ese cóncavo fondo consagrado de modo que apenas si asomaron con brevedad sus hojas del ras del suelo. Y con la última exhausta pala revolviendo la tierra sumisa aquellos hombres más altos y más fuertes que esa tierna criatura finalmente la dejaron atrás. Desafiando sus límites, ese día el parque había crecido más allá del largo y el ancho del estrecho rectángulo que lo contenía.

Muchos años después en el abanico de sus hojas reverdece aquel empeño fecundo elevado ahora a una altura de vértigo, bastante más alto aún que las propias casas erigidas por esos mismos hombres que alguna vez pusieron en pie la palmera, inciertos de verse enormemente superados por su pequeña obra.

Aún viviendo algo distante del parque donde yace la palmera yo mismo puedo verla desde mi casa irguiéndose con su naturaleza viva por sobre el pétreo destino de los muros, enseñoreándose más allá de la soberbia de una azotea, meciéndose caprichosa por el viento en un gigantesco bamboleo como si afirmara un perpetuo sí quiero. Y solo después de mucho tiempo de meditar una y otra vez su espinoso tronco y de ignorar su obvia presencia muchas veces más, he llegado por fin a la tardía conclusión de que ambos hemos crecido juntos.

Desde luego no tengo forma de saber quién de los dos morirá primero. De si llegaré a ver el día de su épico desplome con la insólita rendición de su ímpetu aéreo a todo lo largo del mundano suelo o de si por el contrario el humo de un cigarro de quien extrañe mi partida termine de desvanecerse cerca de su robusto tronco. Supongo que también desconozco o me costaría admitir cuál de ambos se mantuvo más fiel a sí mismo. Y sería acaso una pregunta cruel el dilucidar quién llegó más lejos.

Lo cierto es que algún tipo de reconciliación conmigo mismo debe haber al reconocerme en la historia de esa palmera. Saber con orgullo que esa esbelta promesa de ser la sombra del parque se cumplió en mí. Llegar a saber que ahora también alcanza a las nuevas cabecitas pequeñas. Que cada espina de su tallo es la misma atravesada espina que te recuerda lo doloroso que es crecer. Que compartimos el mismo amanecer sin un por qué. Que persiste allí mismo más allá de las ruinas de todo lo que vi derrumbarse. Que fue el primer arco en mi película de fútbol. Ese hito que sentenciaba el triunfo o el fracaso al patear una pelota. La espalda de todos suplicándole reclinar nuestra fatiga. La cosa observada que define al espectador...

Saber, en fin, que la vida es un efímero minutero girando alrededor en busca de alguna sombra bienhechora como aquella que se columpia en lo más alto de mi querida palmera en su incesante carrusel con el sol.

CUANDO PAPÁ ME BAJÓ UN PEDACITO DE CIELO


Tras muchos intentos fallidos, aquel día de mi infancia se hizo evidente que fracasaríamos en elevar la cometa.

Hacia el final de varios metros de una cuerda de pabilo extendido, la voz de mi padre se hacía apenas audible entre montoncitos de piedra y restos de alguna poda de jardines arrojados en medio de esa amplia pampa adonde habíamos acudido para coronar mi anhelo de ocho años. A lo lejos él levantaba todo lo que podía la cometa sobre la cabeza con los brazos extendidos en la posición de alguien rindiéndose a su adversario, mientras que la larga cuerda de pabilo atada a ella la jalaba yo mismo hacia el lado opuesto de la polvorienta pampa, en una veloz carrera siguiendo ese breve destino que dejaban ver las huellas de otros sobre la tierra y que me hacían de este modo vagamente formar parte de una larga tradición de incursionar por los aires con un artefacto maravillosamente grácil como las cometas.

He olvidado ya cómo debió ser la mía propia. De si era tal cual las he visto tiempo después ofrecidas en alguna esquina de mi ciudad con la forma de un colorido murciélago siendo toda ella unas alas extendidas unidas por un simple eje que era una varilla desmontable, o si era más bien ese más clásico diseño asemejándose a un rombo con una cola larguísima hecha de harapos atados entre sí para extenderla todo lo que se pudiera.

Lo que sí recuerdo bien en cambio es una y otra vez sentir en las manos la tensión que precedía al instante de cuando un viento favorable le hacía decir a viva voz a papá que había llegado el momento preciso con un poderoso “¡Ya…!” y luego de otro persistente fracaso por elevar la cometa, ver el mismo gigantesco garabato en que terminaba convertido el pabilo a todo lo largo de la pampa, debiéndolo enrollar a prisa en un redundante ovillo al que se le iba dilatando el vientre a medida que progresaba como si se tratara de un obeso muñeco que ningún niño quiere y al que no le puedes mirar el rostro y menos aún la sonrisa.

Sencillamente aquella vez los brazos de papá elevados eran como una vana plegaria bajo la inmensidad de un cielo ajeno mientras todo ese polvo de la pampa parecía una incierta cadena atada a nuestro tobillo que pretendíamos emancipar con una frágil cometa que llevara en sus alas el deseo de nuestros nombres.

Y la desdicha que sentía por entonces se puso aún peor cuando muy cerca de nosotros vimos cómo un niño solitario gobernaba su propia cometa haciéndola describir toda suerte de insospechados movimientos por el aire en lo que a la luz de mi desalentador fracaso era un doloroso espectáculo de acrobacias que incluso simulaban caídas en picada para en el último providencial momento remontar airoso de nuevo cuesta arriba.

Papá debió descubrir en mí esa mirada indescifrable de los niños que tiene de admiración y de envidia. Quizá también me vio luego cabizbajo con esa dolorosa búsqueda de querer enterrar la desilusión en algún palmo de tierra mientras me alcanzaba la sombra de aquella cometa planeando ágil sobre todos mis silencios, recordándome con cada zarpazo de su forma redibujada en el polvo lo miserablemente lejos que estaba de ser feliz.

Pude ver luego a papá alejarse de mí para acercarse al niño de la cometa. Supongo que fue ahí cuando advertí de esa cicatriz atravesándole con rencor un lado de su quijada al punto que podía reconocerse en ella la fiereza del perro que se la perpetró. Y si los años no me traicionan creando una leyenda en torno a él, hasta diría que consagró una ramita en la herramienta con que dibujó para nosotros sobre la tierra el modo de cómo él mismo se había hecho su propia cometa en una rústica revelación suya de los secretos descifrados al aire.

Como haya sido el encuentro con aquel niño del mentón de rencorosa cicatriz, lo cierto es que en algún momento cuando papá hablaba con él a cierta distancia en lo que parecía una negociación entre ambos, para mi asombro vi de pronto al niño marcharse con las manos vacías al tiempo que ese hombre calvo y grueso que era mi padre comenzaba a llegar hasta donde yo estaba con pasos que solo puedo describir ahora como gloriosos, por encima de toda esa derrota nuestra, dejando tras de él uno tras otro los montoncitos de piedra de la pampa si acaso el polvo levantado en su andar no lo envolvía ya en una estela de la cual emergió con victoriosa ternura, y acercándome la propia espléndida cometa del niño ido, me dijo entonces la frase que habrá de acompañarme hasta el día de mi muerte:

- “Te la he comprado, hijo.”

Aquel día, ya de regreso a casa, mientras el televisor parpadeaba en la oscuridad con algún programa animado que me divertía junto a mis hermanas, mamá alistaba algo para nosotros y en mi habitación se reclinaba un fantástico nuevo juguete con esqueleto de caña y piel de papel multicolor, comprendí que tenía un papá capaz de arrancar un pedacito de cielo para mí.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

                               CUANDO DIJE HOLA DE NUEVO Y ELLA ME DIJO...



   Cuando me enteré por un rastro indiscreto que ella se asomó a una de mis redes sociales supe que a pesar de los muchos años transcurridos yo aún formaba parte de sus pensamientos. No era que no lo supiera en verdad. Pero esa era una certeza. Lo que no llegó a ser de ningún modo certeza fue el decidir si le escribía a mi primer amor de quien nada sabía por muchísimo tiempo.

   La noche del día en que decidí hablarle por fin me expliqué con unas cobardes líneas. Suprimí cualquier asomo de saludo. Enmudecí todas mis interrogantes. Ni aun siquiera me dirigí a ella directamente. Cuando se acumula la ingratitud de los silencios sobre el amor de tu vida simplemente encargas al lenguaje que susurre por ti.

   Y ahí estaba yo la noche de ese día en que rompí el prolongado silencio y el cursor parpadeante en la pantalla vacía precedía las muchas formas posibles de dirigirme a ella solo para comprender que me arrepentía por todas. Finalmente, tras un infierno de dudas, una parte de mí debe haber obligado a la otra que se resistía a enviar tan culposo y trémulo mensaje.

   Cuando yo la conocí y la tenía en mis brazos el miedo era perderla. Transcurridos muchos años después ahora el miedo era el reencontrarla. Nada te prepara para los absurdos en que te coloca la existencia. Te levantas un día y entre el cepillo de dientes y las noticias de la tarde el espíritu de lo vivido se impone entre tus ojos. O quizá el destino se burla de nuevo de ti y pretendiendo que extrañas a alguien en realidad vas en busca de lo que fuiste alguna vez y te empeñas en recuperar tus recuerdos en los recuerdos del otro.

   Como sea que fueren esos extraños dominios de tu voluntad lo cierto es que al día siguiente de escribirle ella me hizo saber del modo más contundente y anónimo que no quería saber de mí. No es que me dijera nada. Tampoco haría justicia el decir que me bloqueó aunque tal sería la explicación técnica de lo que pasó. Simplemente bloquear me parece un botón tan inútil para impedir que los recuerdos de un amor intenso, incluso vagos y recónditos, puedan sorprenderte cuando miras sin nada de certeza a través de tu ventana.

   Desde luego la noticia me fue ingrata. Puedo decir también con ingenuidad que no me lo esperaba. Ojalá pudieran creerme si dijera que hubiera sido muy feliz con tan solo recibir una notificación en la forma de un minúsculo visto bueno de todo cuanto pudiera decirle en los sucesivos mensajes. Le hubiera escrito tantos caramelitos...

   Ahora que fracasé en mi intento de comunicarme con la mujer más peligrosa de mi vida pienso que después de todo tal vez ella tuvo razón en restaurar el orden y devolvernos a la quietud sin sobresaltos de una vida que es engullida por el olvido. Si era blanca o no la flor o o si no hubo flor, con llanto o con amargura en nuestro adiós o si no hubo adiós, todo se diluye entre la nostalgia de unas manos que sostienen la dudosa cabeza taciturna.

   Desde algún lugar imposible para mí, en un rostro que ahora solo podré especular impreciso, puede que se dibuje un instante ajeno en el que ella se esté mascullando las mismas dudas que yo.